Porque estar al día nunca fue tan fácil

No son pocas las voces que comparan la lucha contra la COVID-19 con un conflicto bélico, y sus efectos con los de las guerras mundiales, a pesar de que los últimos estudios sobre el holocausto nazi, por poner un ejemplo, revelan más de 15 millones de muertes. No sé ustedes, pero tengo la impresión de que aquellos que sufrieron ese horror no aceptarían el símil. Otros miran de reojo a la “gripe española”, acaecida hace cien años en una sociedad no globalizada y que mató a más de 40 millones de personas; entre otras, el poeta francés Apollinaire, el pintor austríaco Gustav Klimt o el jurista y sociólogo alemán Max Weber.

Al margen de comparaciones, todos tenemos claro que el virus es ajeno a ideologías y fronteras, por lo que su derrota no admite ni bandos, ni lucha entre naciones, sino unión, colaboración y, sobre todo, responsabilidad. Responsabilidad del Gobierno central en su función coordinadora y en la adopción de medidas eficaces y proporcionadas; responsabilidad de los ejecutivos autonómicos en la gestión de sus servicios públicos y cooperación con la Administración estatal; responsabilidad en las fuerzas políticas para controlar la acción de los gobiernos de forma leal y conforme a los intereses generales; responsabilidad de los empleados públicos en la gestión de los servicios esenciales y también de las empresas para evitar despidos y apostar por las nuevas tecnologías; responsabilidad de los trabajadores para adaptarse a los cambios digitales y de todos los ciudadanos en el cumplimiento de medidas y recomendaciones con civismo y generosidad.

Solo bajo un contexto de responsabilidad global pueden interpretarse las medidas de protección a los consumidores y usuarios previstas en los reales decretos leyes aprobados durante el estado de alarma y en la normativa sobre viajes combinados. Es cierto que los usuarios pueden rescindir aquellos contratos de servicios cuya ejecución resulte imposible por las medidas excepcionales para la contención de la pandemia, pero no es menos cierto que la misma norma insta a usuarios y empresas a respetar todos los intereses en juego: llegar a acuerdos para posponer los servicios reservados, aceptar bonos de vigencia anual y otorgar facilidades para su cancelación y reembolso.

Durante esta temporada de aislamiento en familia he descubierto los juegos cooperativos, permítanme que se los recomiende: Cada jugador asume un grado de responsabilidad en la formación de un equipo para lograr un objetivo común, un reto; solo hay un camino, todos juntos, o ganamos o perdemos. Es más, propongo incorporar los juegos cooperativos en la educación superior, especialmente en las facultades de ciencias políticas y aquellas relacionadas con la gestión pública. Se me ocurre también enviar un buen lote a las instituciones europeas, cuyos representantes parecen disfrutar a lo grande con juegos competitivos que nos despertarán del sueño europeo para regresar a las pesadillas provocadas por oleadas nacionalistas y populistas, es decir, de nuevo al preámbulo de un conflicto. Apenas se distinguen ya valores europeos como la cooperación y solidaridad en el bienestar de sus pueblos. Recordemos aquellas palabras de Robert Schuman en su declaración de 1950: “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”.

En fin, se acercan las ocho de la tarde y, por responsabilidad, pongo fin a este artículo. Llega la hora de aplaudir la extraordinaria labor de los profesionales sanitarios; para ellos todo mi agradecimiento.

Joaquín San Martín Zamácola

 

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