Porque estar al día nunca fue tan fácil

café

En esta época de pandemia en la que la hostelería se ve mermada por las distintas restricciones de cada comunidad autónoma, nos vemos en la obligación de agudizar el ingenio para intentar subsistir. En esta nueva era, parece que hemos comenzado a normalizar el concepto “coffee take away”, algo más típico de países como Estados Unidos o Inglaterra. Y es curioso observar desde dentro de la barra las distintas costumbres que tienen nuestros clientes para aderezar su bebida: tenemos a los “larpeiros” -como decimos en Galicia- que quieren algún tipo de sirope, (vainilla o canela son los triunfadores); y, por otro lado, tenemos a los “fit” que piden sacarina, panela o estevia. No podemos dejar a un lado a los “clásicos” con su azucarillo de toda la vida, o a los que van un paso más allá y se pegan una buena dosis de dulce, “doble azucarillo”. Hay un pequeño grupo que se animan con el “sin azúcar” y es en ese instante cuando a los baristas se nos quieren saltar las lágrimas. Esto no significa que esté mal endulzar nuestro café, pero ¿sabíais que la leche a una temperatura de 60-65 grados adquiere un matiz dulce? Es la proporción necesaria para que nuestra bebida esté equilibrada y no perdamos de vista el sabor del café; si es de especialidad, mejor y la leche, de calidad.

Todo paladar debe ser acostumbrado, está claro que de la noche a la mañana pasar del “doble azucarillo” a “sin nada” se torne difícil, pero os invito a reflexionar sobre algo sencillo: ¿lo habéis probado antes de endulzarlo? Quizás con medio azucarillo hubiese bastado y así, progresivamente, iríamos saboreando el producto para adaptarnos a las notas de cata que nos perdemos irremediablemente por el camino.

Aquí lanzo, como barista, mi opinión personal. Es comprensible que el cliente quiera endulzar el vaso que le servimos, pues desgraciadamente el café ha sido un producto maltratado por la hostelería general: cafés robusta de pésima calidad, leches hervidas y mal servidas, sabores amargos, rudos y fuertes, de los que te hacen un agujero en el estómago y te invitan a salir corriendo al baño. El cliente aún tiene en su paladar la herencia de tanto tiempo quemando los sabores, y la forma de luchar contra ellos ha sido endulzar. Somos los profesionales reales del sector los que tenemos que ayudar al cliente a olvidar ese pasado y animarlo a probar.

No sé si estáis conmigo pero, ¿acaso en un restaurante pedimos el salero junto con nuestra tortilla, nuestra paella o con el chuletón de vaca gallega? La cultura aquí es otra. Primero probamos y rara vez pedimos más sal. Se considera que el cocinero ha utilizado el punto justo para que nuestro plato esté perfecto, ni más ni menos.

¡Y aquí tenemos la clave! Confiar en el profesional y probar primero… ¿os animáis? Os lo recomiendo, existen un sinfín de matices que podéis explorar, poco a poco y sin prisa, ¡que cada paladar es un mundo! Eso sí, os aseguro que como os aficionéis, no vais a ser capaces de volver a tocar un azucarillo.

Luis Blanco

 

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